Documentales de panzazo ¿Adiós al cine documental y social?

FilmDu 03/08/2012 0

Raymund Gleyezer

Texto: Josué V. Ocegueda Hernández

Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que se considerara al documental social como algo más que un tipo aburrido detrás de cámaras, con voz en off llena de solemnidad y que nos narra una secuencia de imágenes deterioradas sin ningún tipo de estética y carentes de color. Habrá que deshacernos también de la visión de que los documentales están hechos por la suerte de un cineasta que le gusta jugar y perseguir malhechores de cuello blanco, como lo llegó a hacer el aclamado Michael Moore; o que es simplemente un registro que comenzaron a llevar a cabo los hermanos Lumière.

De alguna forma, el documentalista tiene la obligación moral de corretear la objetividad hasta el cansancio.

En este sentido, la narrativa del documental histórico y social puede tener un efecto directo en las personas, desbordando sus emociones y gratificando al intelecto. La función que cumplieron los primeros, fue de divulgación, fue de oponerse a la imagen prefabricada que se llevaba a cabo en los cines o que únicamente se mostraba como real en la propaganda política.

En un principio las universidades fueron en gran medida las promotoras de su realización. Gracias a ello podemos contemplar una obra histórica, como la hazaña llevada a cabo por el estadounidense Robert J. Flaherty, con su obra Nanook of the North (1922), donde muestra los esquimales nativos, bañados en grasa de ballena y con una voluntad increíble permitiéndoles sobrevivir a muy bajas temperaturas. Nanook es el primer largometraje considerando con valor documental de la historia.

De Robert Flaherty

¿Que si pueden suscitar reacciones en cadena? México, La Revolución Congelada fue uno de los trabajos más representativos del siempre clandestino Raymundo Gleyzer, quien dejó huella en Brazil, Chile y México. Sus obras, siempre críticas, fueron alimento revolucionario, pero también lo llevaron a su secuestro y posterior desaparición.

Actualmente el cine documental ha sido representado por exponentes de buena talla, como la periodista gráfica y cineasta Agnés Varda, quien retrata la vida de los pepenadores en diferentes partes de Francia del siglo veinte, inspirándose en la pintura Las espigadoras, de Jean-François Millet, quien declara que como documentalista ella también se sumerge en el papel pepenadora: “soy una pepenadora de imágenes, debo mostrar lo que otros no ven, por eso es importante registrarlo”.

También Luis Buñuel incursionó en el cine con una filmación en su tierra natal. Con Las Hurdes, exhibe las duras condiciones en un país donde se presumía la calidad de vida y la supuesta tradición de ayuda a las comunidades desprotegidas en España. Ayuda ficción, porque entre otras cosas, mandaban cajas de madera vacías a familias hambrientas.

La narrativa social y verídica, no ha sido muy aclamada desde sus inicios, y se ha visto ahogada en pleno siglo XXI por un mercado ferviente a la narrativa popular, que tiende más a la retórica. La diferencia radica, según Humberto Eco, en que la popular fomenta expectativas, pero no las provoca. Al desenredarse los nudos de la trama, sola se consuela y consuela al espectador; y todo acaba como se suponía debiera acabar, en “conformidad con un sistema de expectativas compartido habitualmente por el público”.

Uno de los problemas de la narrativa popular en los documentales actuales, es la liberación de pequeñas dosis de crisis en los espectadores, para dar soluciones inmediatas. Dicha solución tiene que darse a conocer como una “gratificación” reiterativa, para que el público no sienta la necesidad de verificar lo que se le cuenta, dejando en manos del realizador el problema que se expone. Esta narrativa, típica de la novela popular, es llevada al ámbito documental, que ni siquiera cumple desde el ámbito pedagógico.

En nuestro país, estas gratificaciones son necesarias para mantener el status quo, producidas en parte por buenos cineastas con sentido de la narrativa y lo estético, y en parte por ejecutivos relacionados con el poder de las telecomunicaciones. Aún así, tanto en nuestro país como fuera de ellos, se gesta una corriente de cine pseudodocumental que nace con hambre de popularidad y una corriente documental de carácter divulgativo que se mantiene, y que gana adeptos con el tiempo.